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viernes, 6 de agosto de 2010

El olor de las avellanas

                                                                               



Estuve haciendo un postre ayer por la tarde, un helado de bonita presentación al que se me ocurrió llamar la bailarina de naranja. Pronto lo traeré al blog.

Quería decorarlo con avellanas caramelizadas y me dispuse a hacerlas, como siempre. Las elegí de entre todas, las mejores, las que por alguna razón me parecieron mejores. A decir verdad, no es que haya mucha diferencia entre ellas, pero siempre elijo lo que voy a utilizar en la cocina. Esto lo aprendí de la abuela Ángeles, de quien algún día os hablaré.

Pero siguiendo con la historia, me puse a caramelizar las avellanas: primero el azúcar en un cazo, hasta que empieza a convertirse en caramelo. Cuando por el color veo que quiere ser dorado, echo las avellanas y mezclo con una espátula. Rápidamente y aún en líquido, vierto toda la mezcla sobre papel vegetal y dejo enfriar totalmente.

 

Una vez frío el caramelo con las avellanas, voy separando una por una, rompiendo las partes unidas y dejando cada avellana lo más limpia posible de exceso. Finalmente con el rodillo, convierto las avellanas en una picada de oro con un aspecto magnífico, dispuesta para ser utilizada en la decoración de mi bailarina de naranja.



Pero quiero hacer un alto en el momento en que con el rodillo, me dispuse a triturar las avellanas, porque nada más empezar, estalló un aroma en el ambiente y lo llenó de su intensidad. Las avellanas huelen a cocina de novela, a cocina de cuento, de película, de historia, de tiempo, de sueño... Ayer me dí cuenta.

¡Qué aroma! Impresionada por lo que me suscitó, pensé entonces que esta maravilla, me la habría perdido de haber triturado las avellanas con cualquier tipo de robot, dentro de un recipiente cerrado. Y me imaginé a las avellanas metidas en su sarcófago, sin poder expresar sus secretos, sin dispensar sus olores o esos crujidos que el rodillo al pasar por ellas, emite, ese tacto que con mis manos podía apreciar, al recoger de la superficie de trabajo, los pedacitos dorados y el aceite que desde sus entrañas, suavizaba las yemas de mis dedos, todo, todo un mundo de sensaciones y en un acto tan simple como triturar las avellanas.



Y me dije: esto es el placer de cocinar, porque cocinar da muchas satisfacciones, es cierto, muchos de nosotros encontramos en la cocina, una expresión de nuestros instintos de amor, cuidando a quienes alimentamos, recibiendo gratitud de quienes prueban nuestros manjares, sintiéndonos creadores, cuando convertimos materias primas de diversa índole, en preparaciones acabadas y bien formadas, que dan muchas satisfacciones. Hay mucho placer en el resultado de la cocina, es así, pero de entre todos esos placeres, yo me detengo y me quedo cada día en el proceso, en todo eso que el proceso de cocinar, me regala a través de los sentidos, todo lo que puedo percibir y sentir.

Ese placer es indispensable para que volvamos a cocinar en nuestras casas. Ya sé: que si no tenemos tiempo, que si trabajamos fuera de casa, que si los niños no comen con nosotros… todo eso lo sé, vivo aquí también, pero de verdad, es necesario que rescatemos algo tan importante desde la salud o la cultura, para el desarrollo de infinidad de emociones, es necesario insisto, que rescatemos la importancia de cocinar y de compartir mesa con los nuestros.
 Y creo que la única forma de llegar a ello, es que seamos capaces de sentir placer haciéndolo.

 

Un abrazo.


12 comentarios :

  1. Es cierto todo lo que dices,los aromas de la cocina son algo indescriptible, a mi cocinar me produce un placer inmenso, siento algo increible cuando estoy en la cocina, me vienen mil ideas a la cabeza inspiradas por los aromas de mi cocina, vamos a volver a la cocina de antes, a mis hijos les encanta
    un beso
    AMalia

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  2. Precioso post, Viena, y cuánta razón tienes...a veces nos perdemos en nuestras cavilaciones, y nos perdemos esos aromas q surgen del plato delicioso q estamos preparando...vayamos más lentos en hacer las cosas, disfrutemoslas...

    Un beso,

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  3. Uhmmmm.... ayer sin ir más lejos, yo sola conmigo misma, andaba en estos mismos pensamientos. Sabes, creo que hay personas que cocinan para hacer cosas ricas y perfectas; hay personas que dan de comer; hay personas que no hacen ni el huevo... y hay otras personas, que disfrutan de cada ingrediente, textura y sabor; que los aromas les inspiran tanto, que se animan a trasformar cada plato dependiendo del humor y de lo que hay en la nevera... que una vez servido, necesitan del ruido de cubiertos y de sillas en movimiento; porque después de cocinar, los sentidos siguen alerta y ese momentazo en la mesa hace que todo tenga mucho sentido...

    En mi casa hace mucho que prohibí el cenar cada uno a su bola.... no no, todos juntos y luego que entre o salga quién quiera pero a la mesa todos juntos a disfrutar... y por supuesto, sin tele... que la madre de una amiga mía decía siempre que la tele estaba destrozando a las familias:-)

    Besos

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  4. Amalia: Qué alegría me da leer todo lo que me escribes, porque es justo eso lo que hace falta para que no se pierda la cocina. Ni siquiera es una nostalgia de la cocina de antes, es que puede ser la cocina de ahora, lo más increible que podemos imaginar. Nuestras abuelas eran alquimistas, pero alquimistas en estado puro, como diamantes en bruto, ellas se guiaban por el instinto, la tradición de sus mayores, la necesidad y adaptación constante y por el amor a su familia muchas veces numerosa, a la que alimentar con poco. Imagínate la cocina de ahora, la nuestra, esa que disfrutamos y a la que tu y yo nos referimos, ese taller que despliega mil sensaciones en nosotros. Esta cocina puede ser la repera, porque podemos ser las mismas alquimistas pero disfrutando además todo el sentido profundo, intelectual y emocional que conlleva el ser conscientes y comprender.
    La cocina como laboratorio para los sentidos, vamos, es que es la leche.
    Cuando ya todo nos lo dan pensado, visualizado, escuchado... porque la tecnología actual es avasalladora con los sentidos, si pensamos en el cine actual, el comercial sobre todo, esa sucesión vertiginosa de imágenes, efectos especiales, sonidos estridentes.. todo eso es un chute tan grande para los sentidos, que supone embotar lo sutil y ¿Qué cosas vamos a tener que hacer al final para emocionarnos, sorprendernos o sobresaltarnos? Si cada vez es más bestia lo que nos llega?
    Creo que la cocina como ese taller de los sentidos, educa y rescata lo sutil, lo delicado y nos enseña a percibir lo pequeño de los constantes cambios que nos rodean: luces, sonidos, temperaturas... Uff, da para mucho y como ves me embalo con este tema.
    Una de las cosas que aprendemos en clase es esto, escuchar por ejemplo los pasitos que damos cuando estamos cocinando o los chasquidos de los alimentos, la puerta de la nevera, el grifo... los colores que van cambiando ante nuestros ojos, los olores, las luces que entran por la ventana...
    Bueno, es maravilloso y una pena que alguien se lo pierda cuando está al alcance de cualquiera.
    Un beso.

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  5. Hola Sonia: Gracias por tu comentario y tu visita. Me alegra tanto que estemos de acuerdo, creo que tendríamos que crear la liga de la cocina disfrutada, o algo así. Pero como dices, cocinar y enterarse y lo mejor es que al poco tiempo, ya no es solo en la cocina, es que los sentidos se educan, empiezan a ocupar su lugar y se enteran de todo alrededor. ¿Te imaginas?
    Un beso.

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  6. Maite, te digo lo mismo que a Amalia y suscribo absolutamente todo lo que dices. Me quedo con esa frase tuya "el momentazo en la mesa".
    Comentando esto el otro día con alguien me decía, sí pero es que en casa, el niño come en el cole, mi marido y yo no coincidimos y por la noche lo mismo, cada uno a su bola. Nunca compartimos mesa. Y yo pensaba ¿Y no les da pena? En serio, que la mesa es un momentazo, como tu dices, que hay que reivindicarlo, que no nos conformaríamos con vivir en pareja y dormir separados todos los días: ¿Por qué nos conformamos con comer separados? Que la mesa es el momentazo de hablar, de reir, de comunicarse y hacer ruido y mil cosas que no hay que perderse y si a medio día es difícil, por la noche la cena juntos debería ser sagrada, todo el mundo a compartir mesa, pero así, sa gra do.
    Un beso.

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  7. Què bonito post Viena y cuanta razón tienes, la de recuerdos que permanecen en nuestra memoria asociados a determinados aromas en la cocina.

    Tengo miles de recuerdos de las casas de mis abuelas, en los que esta sensación está muy asociada a las imágenes. Luego, mi madre lleva toda la vida haciendo en su casa helado de almendra, la casa de al lado de mi abuela era una heladería artesanal que era famosa por su helado de almendra y como eran muy amigos de la familia tenían la receta. Pues bien, una de las cosas que más me gusta es cuando lo está haciendo, el tueste de las almendras junto a la canela deja un aroma por toda la casa maravilloso.

    Lo curioso es que estoy escribiendo un post un poco relacionado con eso del disfrute de la cocina y los sentidos que lleva ligados, aunque de otra índole, a ver si lo termino para hoy ;-)

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  8. Es cierto, pero ¿qué me dices del aroma de las antiguas despensas? En casa de mi abuela había una despensa enorme, llena de estanterías. Olía a azafrán y canela. Y lo que a los niños más nos fascinaba: una orza llena de arrope calabazate. Mi abuela era manchega y hacía el arrope ella misma. Cuando quitaba la tapa a la orza el aroma te dejaba medio sonado del placer. Nunca he vuelto a sentir una cosa igual. Una vez, en Alicante, en uno de esos puestos que ponen en la explanada, encontré uno que vendía arropes. Lo probé, pero... ni color, qué va.

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  9. Hola Delikat: ¡Ah las abuelas! Cuántas referencias culinarias tenemos asociadas a las abuelas. En clase tenemos un ejercicio que se llama: un alimento, una historia y consiste en que yo digo al alumno un alimento, por ejemplo: arroz con leche, natillas, bizcocho, etc. y el alumno cuenta una historia que le suscita la idea de ese alimento. Bueno, no te imaginas las veces que la abuela está detrás de esa idea, es impresionante.
    Yo tengo en mi memoria una tostada que me hacía mi abuela, fíjate, una tostada de pan, pero puedo recordar el pan, el grado de tostado, el aceite que le ponía, era todo maravilloso, un sabor increible y era solo una tostada.
    Me encantaría que mi cocina fuera un día esa referencia para otros y seguramente lo será, porque siempre se cuece algo ahí, en todos los sentidos y siempre aparece alguien a la hora de desayunar, a probar el pan de centeno recién hecho, o de comer, a catar el último invento, o del café, a saborear el último pastelito. Siempre hay alguien que abre la nevera y dice: ¿Hay algo hoy? o alguien que desde la puerta entrando va diciendo que huele desde el camino. En fin, cocina, charla, aromas... Eso me gusta mucho.
    Un beso.

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  10. Hola Sorokin: Mi madre me trae el arrope de Orihuela cuando es la época, a primeros de Noviembre, para "tos santos". Aquí en Alicante, no encuentro ninguno decente y el bueno es impresionante verdad? Ahora, no me extraña que te quedaras sonado al abrir la orza, no solo del aroma, sino del "espíritu", porque sabes que fermenta y contiene alcohol ¿verdad?
    En cuanto a las despensas, bueno, yo tengo una no muy grande que huele a hierbas morunas, tengo muchas especias en ella, pero las morunas se llevan el gato al agua, huele a morería que no veas y hummmm, es delicioso percibirlo.
    Un beso.

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  11. Viena yo estoy segurísima que tu cocina va a ser un referente para tus nietos, eso es indiscutible. Y ya no solo quedarán en su memoria anclados los áromas, sino tus gestos, el de la entrañable abuela que les explica cada paso de una manera especial y que los deja embadurnarse las manos ;-)

    Y junto a Monsieur Sorokin, me habéis traido el aroma de la despensa de mi abuela, con una gran puerta de madera que en invierno se hinchaba y no cerraba bien y el suelo de piedra. Recuerdo, sobre todo, el olor del aceite de oliva del molino que traía mi abuelo, un olor muy intenso que lo llenaba todo al levantar la tapa de la tinaja.

    Besotes,

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  12. Jajaja, ay qué gracia, lo de la puerta, así estamos nosotras, con la puerta de la cocina hinchada y tenemos que dar portazos y empujar cada vez que salimos, para poder girar la llave jajaja.
    Bueno por un momento leyéndote, me he sentido abuelita consentidora, de esas con gafitas que esconden dulces por todos los armarios para los nietos y todo eso, jajaja. Ya soy una blanda con mis hijas, así que seguro que por ahí andará la cosa.
    Creo que los que tenemos la suerte de haber crecido en el medio rural, tenemos un montón de sensaciones y recuerdos de este tipo y nos ha quedado grabado así, en la memoria de los sentidos, como un resorte que se dispara cada vez que algo lo evoca. Es una maravilla. Un día de estos hablaremos de los sentidos, cómo es que funcionan así y todo eso.
    Un beso.

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