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domingo, 8 de marzo de 2020

Y aún así… Antes de que acabe el día. Un plato de lentejas



Y AÚN ASÍ, ME LEVANTO

“Tú puedes escribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aventarme al fango
y aún así, como el polvo… me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Por qué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque camino
como si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa…

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,
así… yo me levanto.

¿Me quieres ver destrozada?
cabeza agachada y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende?
No lo tomes tan a pecho,
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.


Puedes dispararme con tus palabras,
puedes herirme con tus ojos,
puedes matarme con tu odio,
y aún así, como el aire, me levanto.

¿Mi sensualidad te molesta?
¿Surge como una sorpresa
que yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto
desde el pasado enraizado en dolor
yo me levanto
soy un negro océano, amplio e inquieto,
manando
me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.

Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.”

Poema de Maya Angelou




Y como no hacen falta más palabras, en este día en el que al menos en esta parte del mundo, se repite la palabra mujer, vamos de inmediato con la receta.

Se trata de un plato de la cocina árabe, llamado Mojardara. Un plato humilde, sencillo, muy asequible y maravillosamente delicioso.



Ingredientes:

2 cebollas
300g. de lentejas
300g. de arroz de grano largo, tipo basmati
Una cucharadita de comino en grano
Una cucharadita de comino molido
Una cucharadita de cilantro molido
2 cucharaditas de canela molida
Una cucharadita de cúrcuma
Aceite de girasol
50g de pasas

Sal


Primeramente cortamos las cebollas en juliana


Ponemos harina en un plato, y vamos rebozando los trozos de cebolla, sacudiendo bien el exceso.



Por otra parte, ponemos una sartén amplia en el fuego, con abundante aceite de girasol. Cuando el aceite está bien caliente, vamos friendo la cebolla, por tandas, hasta que queda dorada y crujiente. La vamos dejando en un plato, sobre papel de cocina.



Cuando ya tenemos toda la cebolla frita y doradita, seguimos con la receta.


En una cazuela, ponemos las lentejas cubiertas con agua y dejamos cocer durante el tiempo suficiente para que estén tiernas, pero sin que se deshagan (aproximadamente 20 minutos).


Después escurrimos y las pasamos por agua fría para detener la cocción.  Reservamos.


Ahora colocamos una cazuela en el fuego, apenas engrasada  y echamos el comino y el resto de especias y freímos unos instantes.


Añadimos el arroz y damos unas vueltas. Añadimos sal y las lentejas reservadas, así como un buen puñado de pasas.



Incorporamos dos vasos de agua, removemos y dejamos cocer, con la sartén tapada, alrededor de 20 minutos o hasta que veamos que el arroz está cocido y seco.


Sacamos del fuego y con ayuda de un tenedor, vamos añadiendo la cebolla frita y removiendo todo el conjunto, dejando un poco de cebolla para culminar los platos.



¡Qué maravilla de plato! Qué sencillo en ingredientes, qué fácil en elaboración y qué rico en sabores. Tenéis que probarlo.


Y además, vegetariano, nutritivo y saludable.



Amigas y amigos… Un abrazo



sábado, 29 de febrero de 2020

El diablo se llama chocolate… ¿Será verdad?


Porque la verdad  es más bien como un largo sendero, en donde según hacia donde se mire, se pueden ver unas u otras cosas. Nadie puede abarcar en una sola mirada, toda la verdad y se necesitarían años, siete vidas tal vez, para recomponer trozo a trozo el puzle de todas las miradas, para poder hacerse una ligera idea del sendero. Más cuando eso se lograra, si es que fuera posible, el sendero ya habría cambiado, ya no tendría aquella luz, aquellas piedras rodadas, aquel riachuelo a su lado, con el mismo cauce…. Entonces ¿Ya no sería verdad, la verdad primera? 


Queridos amigos, aunque cada vez el dulce es más impopular, heme aquí con un súper pastel de chocolate, que es una versión de la conocida tarta diablo, o al menos así la denomina Pedro Álvarez, en su libro “Chocolate moderno”.


Y es que en las tardes medio tristes, de mirada nostálgica, filosofando, me encanta cocinar pasteles de chocolate.

Miro por la estantería, cojo un libro, voy pasando páginas y páginas, lentamente, con el interés y la parsimonia de quien busca lo que le está esperando. Y entonces aparece esa foto que dice: yo te voy a gustar. Y nada, un recuento de ingredientes y si todo está, empieza la danza.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Ayer curso de tartas


Hace tiempo que no publico ningún curso. La verdad es que cuando llega el día, se arma bastante jaleo y apenas tengo tiempo de hacer fotos que merezcan la pena. Luego los alumnos hacen muchas fotos, que las comparten en el grupo que creamos para el evento, en fin, que lo que es el documento gráfico queda más que cubierto siempre, pero al final, soy yo la que no encuentro el tiempo para publicar alguna entrada y dedicarla a estos magníficos días que pasamos juntos, cocinando, riendo y compartiendo esta pasión que es la cocina.

Pues bien, esta vez no lo voy a dejar y voy a compartir con todos una de esas jornadas.




Cada curso es siempre diferente, porque cada grupo tiene su propio estilo, su propio movimiento, pero desde mi ilusión con cada encuentro, sigo siempre los mismos pasos.

Antes de empezar, me gusta mirar y a veces sacar alguna foto del vacío, de ese espacio preparado para recibir. Lo hago inconscientemente, como para tener una impronta del silencio que luego contrastará con el bullicio alegre que aportan las personas, eso que es lo más importante de todo: las personas.

Compruebo y repaso mentalmente todo: el dossier en cada sitio, el desayuno con el que comenzamos, la música suave, en su punto de volumen, el café para los que no toman té…

lunes, 28 de octubre de 2019

Bollitos de suero de leche


Son tan fáciles de hacer, tan ricos, tan blanditos, que no tenéis excusa. Si queréis hacer un dulce casero maravilloso, aquí lo tenéis.


En dos versiones: con queso y mermelada o con chocolate.


Os preguntaréis lo del suero y no tiene misterio. El suero es la parte líquida, acuosa que queda al coagular la leche.

Durante mucho tiempo, se consideraba un desecho en la fabricación de queso, pero eso ha cambiado. Ahora se sabe que es rico en proteínas, grasas y minerales, es decir, una buena fuente de nutrientes, así que ya no se desperdicia, sino que se utiliza de muy diversas formas.
Esta semana en la escuela, estuvimos haciendo queso fresco. En esta entrada podeis ver el proceso paso a paso https://saboresdeviena.blogspot.com/2010/09/panir-un-queso-fresco-casero.html 

Los alumnos hicieron sus preciosos quesos y nos sobró mucho suero.  La mayoría se lo llevaron para usarlo, pero algunos lo dejaron y por eso tenía yo suero disponible. De ahí tuve la idea de hacer estos bollitos y así también les puedo pasar a los alumnos la preparación para que usen su suero.

lunes, 24 de junio de 2019

Lentejas: De Roma a la Magdalena, los indios pijao y el atrapasueños de la vida.


Os contaba la última vez, que me ha dado por hacer atrapasueños, esa especie de  amuleto procedente de los indios ojibwa. No es que esté todo el día haciéndolos, pero es algo que me resulta relajante y creativo y me lleva a muchos pensamientos casi diría que mágicos.

Hubo un tiempo en que estaba convencida de que en mis venas había sangre de los indios norteamericanos. Adoraba todo lo que tenía que ver con estos nobles pueblos que fueron casi aniquilados. Ya de pequeñita cuando veía las clásicas películas de indios y vaqueros, cuando los indios eran muy, muy malos y los vaqueros muy, muy buenos, yo siempre iba con los indios, siempre quería que fueran ellos los que ganaran, aunque nunca lo conseguían.
También es cierto que no es la primera vez que pienso que debo tener antepasados de África, de los desiertos, de las llanuras.

Ya estaréis pensando que estoy un poco loca y eso que sólo os cuento un poquito, jajaja.

Australia, toda América latina, la India…Una isla sin nombre, una montaña en silencio, un bosque junto al lago… Siento que mi gente, es la gente que vive ahí, en todos esos lugares, en todo el mundo.

Por eso, cuando escucho hablar de los emigrantes, de los extranjeros, con ese desprecio, de los de aquí o los de allá, da igual, fronteras por medio, políticas fascistas por medio, pienso lo estúpido que me parece, la ceguera que significa, no darse cuenta que todo está unido y que es un error muy grande creer que la gangrena de un pie, no tiene nada que ver con una altiva mano o nuestra soberbia cabeza, que lo que nos sucede en una parte, no va con lo que sucede en otra, cuando todo está conectado, como lo está en un atrapasueños, su red, un hilo trenzado de aquí para allá, con vueltas y dibujos en filigrana, pero todo un mismo hilo, del cual, si tiras, acabas llegando al final.

Y supongo que me siento tejedora  cuando hago atrapasueños,  como cuando tejo historias que parecen no tener nada que ver entre sí,  cuando conecto unas lentejas de Roma, con un tajine africano que llegó un día en barco a la orilla del río Magdalena, en Colombia,  en donde unos valientes indios Pijao, lo adoptaron en su repertorio cerámico. Y de una cosa a otra, como veis, el tejido se va trenzando y formando un hermoso entramado que todo lo conecta.


Pero centremos la historia un poco por favor.


La gastronomía de Colombia hoy día, es el resultado de tres grandes culturas. A saber: la indoamericana, es decir, la cultura originaria de los indios nativos, la europea de los colonizadores y la africana, procedente de los esclavos africanos que los europeos, llevaron hasta allí. 

Esto es importante, porque la entrada de hoy va sobre un recipiente que es típicamente africano, el tajine, que sin embargo, me llega desde Colombia, desde La Chamba concretamente. Un recipiente hecho con una arcilla y unas técnicas ancestrales únicas, que enseguida os contaré.

La historia comenzó un jueves, cuando un alumno me trajo este precioso regalo.


El objeto en sí es tan bello, que de inmediato me enamoró. Es agradable acariciarlo, por sus formas, es agradable mirarlo, por su color intenso, sin estridencias y es agradable sentirlo, mucho más cuando conoces su historia. Y sé que parecerá exagerado, pero cocinar en él, es para mí todo un privilegio.